Las marcas que llevamos en la piel hablan por nosotros. Si bien las cicatrices son tan particulares como cada una de las personas que habitan este mundo, existe una que muchos comparten: la marca que deja la vacuna BCG que nos damos en nuestra infancia.

¿Qué es esta vacuna?

Como toda vacuna, la BCG es una inmunización que se utiliza para prevenir la tuberculosis, además de la lepra y la úlcera de Buruli. En el esquema de vacunación en casi toda latinoamérica, la BCG debe aplicarse a los recién nacidos en los primeros diez días de vida.

“La vacuna BCG es una preparación de bacterias vivas atenuadas derivadas de un cultivo de bacilos de Calmette y Guérin (Mycobacterium bovis). BCG significa Bacilo de Calmette y Guérin”, asegura la Secretaría de Salud de México.

Si bien nadie se acuerda del momento en que fue inmunizado, la gran mayoría de la población lleva una evidencia física que expone la aplicación de esta vacuna: una cicatriz.

Pies de bebé

“La vacuna derivada del bacilo de Calmette y Guérin (vacuna BCG) existe desde hace 80 años y es una de las vacunas actuales más ampliamente utilizada. En los países que forman parte del programa nacional de inmunización infantil se administra a más del 80% de los neonatos y lactantes. Se ha documentado el efecto protector en niños de la vacuna BCG contra la meningitis tuberculosa y la tuberculosis diseminada”, asegura la Organización Mundial de la Salud (OMS).

¿Por qué nos deja una cicatriz?

Además de otras reacciones secundarias que no conllevan gravedad, la aparición de una úlcera en donde se aplica la vacuna es completamente normal. Según la OMS, se debe a una reacción muy común:

“Alrededor del 95% de los receptores de la vacuna BCG experimentan una reacción en el lugar de la inyección que sana en dos a cinco meses, dejando una cicatriz superficial que se considera normal”.

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Fuente:

Cultura Colectiva